Misa de funeral por el alma de Domingo Peña Pérez.
Parroquia del Buen Pastor, de Logroño. 21 de enero de 2009.

“UNOS POR OTROS,  Y DIOS POR TODOS.”

Me pide D. Ángel de Miguel, párroco del Buen Pastor y buen amigo de mi padre, unas palabras en su recuerdo para la acción de gracias después de la Comunión.

Las primeras serán de agradecimiento por vuestra compañía, que nos reconforta tanto en estos momentos.

No hablaré de sus profundas convicciones religiosas, pues de ellas se ha dejado ya constancia en este funeral. Tampoco voy a referirme a los recuerdos que guardo de mi padre en sus tiempos de  plenitud. Todos sabéis que fue un hombre feliz y bueno. A nosotros nos enseñó el valor de la austeridad y de la sencillez, de respetar siempre a los demás y de guiarnos, también siempre, bajo criterios éticos y morales, que no son mala gasolina para ir circulando en estos tiempos que corren.

En estos últimos años de su vida en los que le abandonó poco a poco la memoria, el nunca olvidó tres cosas, además de la fe y el amor familiar.

La primera, su casa. No la que el fundó con mi madre, a la que dedicó todos sus desvelos, sino, curiosamente, la primera, la materna: la vieja casa y la vieja tienda de la calle Mayor de Santa Ana de Cervera. Dice Rilke que “la infancia es la Patria de los hombres”, la verdadera Patria. A aquella Patria y a la cándida adolescencia volvía a todas horas mi padre en los últimos días, seguramente por encontrar allí consuelo.

En segundo lugar, Cervera. Esta admirable generación que silenciosamente nos está abandonando hizo importantes sacrificios para convertir a España en la Nación próspera y moderna que hoy disfrutamos. De los más importantes, el de dejar de ser de donde siempre fueron. Mi padre se acordó de Cervera todos los días de su vida, especialmente en estos últimos años en los que apenas recordaba nada. Neruda nos advierte que “el desarraigo de los seres humanos es una frustración que de una manera u otra afecta a la claridad del alma” . Ese sentimiento acompañó a mi padre hasta su muerte, aunque nunca le impidió hacerse un hueco y vivir completamente feliz en esta ciudad de Logroño, a la que quiso con locura.
Y, por último, su pesar por la fugacidad de la vida. A la muerte de mi madre, después de haber compartido con ella más de 60 años, el me decía una y otra vez: “Hijo mío, que pronto se ha pasado esto”. Esta concepción contingente de la vida se resume maravillosamente en unos versos que a el siempre le gustaron y que, mecánicamente, desafiando a la memoria, repetía una y otra vez a mi requerimiento al final de los días, cuando ya había olvidado hasta las oraciones. Me refiero a las Coplas por la muerte de su padre, de D. Jorge Manrique. En su honor, como testimonio de permanente gratitud, recordemos nosotros también hoy aquí cuán presto se va el placer, y cómo se pasa la vida, tan callando.

Me han llamado. ¡Decidme adiós, her­manos míos!
¡Adiós, me voy!
Aquí os dejo la llave de mi puerta; renuncio a todo derecho sobre mi casa.
Sólo os pido buenas palabras de despe­dida.
Vivimos mucho tiempo juntos, y recibí más de lo que pude dar.
Y ahora es de día, y la lámpara que iluminó mi rincón oscuro se ha apagado.
Me llaman, y estoy dispuesto para mi viaje. 
Ya me voy. ¡Deseadme buena suerte, amigos míos!
La aurora sonroja el cielo, y mi camino parece  hermoso.
Me preguntáis qué me llevo.
Mis manos vacías y mi corazón lleno de esperanza.
Me pondré sólo mi guirnalda nupcial, por que el vestido pardo del peregrino no es mío;
y aunque el camino sea peli­groso, va sin temor mi pensamiento.
Cuando mi viaje llegue a su fin, saldrá la estrella de la tarde, y las melancólicas armonías del crepúsculo se abrirán tras el pórtico del Rey.
Pasé, sin darme cuenta, el umbral de esta vida.
Cuando, a la mañana, vi la luz, sentí al punto que yo no era un extraño en este mundo, que lo desconocido, sin nombre ni forma, me había tenido en brazos, en la forma de mi madre.
De igual manera, al salir a la muerte, esto mismo desconocido me parecerá familiar.
Y como amo tanto esta vida, sé que amaré lo mismo la muerte.
Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo que he visto no puede ser mejor.
Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz, y así fui ben­dito.
Sea esta mi última palabra.
He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas;
 y vislumbré, jugando, a aquel que no tiene forma. Mi cuerpo entero ha vibrado al contac­to de aquel que es intangible.
Si aquí debe ser el fin, sea. Esta es mi última palabra.

Rabindranath Tagore, Fragmentos del Gitanjali.

 

Lema que presidía el comercio que mis abuelos mantuvieron abierto en Cervera desde los años 20 a los 70 del siglo pasado. Existe la falsa creencia en Cervera de que el lema fuera original. No es así, fue utilizado en España por los Círculos Católicos. El de Burgos lo sigue manteniendo en la actualidad como lema de cabecera.

Pablo Neruda, Confieso que he vivido. 8 Macchu Picchu. “Pienso que el hombre debe vivir en su Patria y creo que el desarraigo es una frustración que de una u otra manera afecta a la claridad del alma. Yo  no puedo vivir sino en mi propia tierra, no puedo vivir sin poner los pies, las manos y el oído en ella, sin sentir la circulación de sus aguas y de sus sombras, sin sentir como mis raíces buscan en su légamo las substancias maternas